Beli La Belle |
Las cosas que hago cuando trabajo y cuando no. http://twitter.com/belilabelle http://sinlapartedearriba.tumblr.com/ |
Lea detenidamente. Consuma las palabras, en la dosis recomendada y sin omitir ninguna página. Recuerde que la carencia de lectura no es nociva para la salud, no genera ningún cambio y no altera los niveles del statu quo. De allí que la gravedad de sus repercusiones se encuentre, justamente, en la ausencia de éstas.
Cuando una persona pasa frente a una librería en cuya vidriera se exhibe la última y más larga novela de Enrique Vila-Matas, sólo una de dos cosas puede ocurrir: que siga de largo o que sienta curiosidad por su título sospechosamente patológico. Si sigue de largo, no pasa nada; si no, sólo una de dos cosas puede ocurrir: que entre a la librería y salga con las manos vacías o que al salir lleve en sus manos una bolsa con un ejemplar de Doctor Pasavento. Si el libro se queda en la vidriera, no pasa nada; si no, sólo una de dos cosas puede ocurrir: que sea utilizado como accesorio decorativo entre un manual de Windows XP y un diccionario de sinónimos, o que sirva para llenar otro espacio: el de las tardes de ocio, los viajes en metro o las noches de insomnio de un lector. Si el libro termina olvidado en la biblioteca, no pasa nada; si no, sólo una de dos cosas puede ocurrir: que el lector inicie la lectura, pero la abandone antes de llegar a la página 388, o que la continúe, página tras página, mientras se va hundiendo en una sensación de “bella infelicidad”. Si cierra el libro antes de la página 388, no pasa nada (igual dirá que lo leyó y tal vez hasta se lo recomendará a algún amigo); pero si avanza en la lectura y se apasiona por la particular historia de un escritor que escribe para ausentarse, para desaparecer, entonces, sólo entonces, las posibilidades se multiplicarían y podría ocurrir casi cualquier cosa. Podría ser, por ejemplo, que la identidad fluctuante de Andrés Pasavento y su deseo de convertirse en alguien que no es nadie, le recuerde la obra de Pessoa y sus múltiples heterónimos. Podría ser que se enamore un poco de la idea de la disolución y se pregunte ¿qué somos sino una ficción creada por nosotros mismos, la representación inestable de un estereotipo (ojalá desvirtuado) que se desliza por la vida con falsa percepción de individualidad?. Podría ser –por qué no– que luego de esas reflexiones el lector concluya que si ser significa difuminarse en una reproducción, entonces desaparecer es la única posibilidad de existir. Pero claro, no habiendo necesidad de tales abstracciones, podría ser que simplemente le cause gracia el hecho de que un escritor intente desaparecer a través del mismo medio (la escritura) con el cual tantos otros intentan inmortalizarse. O que le parezca contradictorio y después acertado que alguien que se hace pasar por doctor en Psiquiatría encuentre en la locura una forma poco común, más lúcida probablemente, de comunicarse. O podría ser que esta novela lo llevara, con sus numerosas referencias, a una novela de Walser; y la novela de Walser a un cuento de Kafka y el cuento de Kafka a un relato de Borges, y el relato de Borges al laberinto, el caleidoscopio o el espejo. En todo caso, una, varias o todas las anteriores posibilidades acompañadas por un sin fin que se me escapan, podrían ocurrir si se lee un libro como Doctor Pasavento. Si no, no pasa nada.
Son las 8:30 de la noche y desde mi cuarto escucho que afuera tocan la puerta. Mis dedos se suspenden sobre el teclado y la línea queda inconclusa mientras yo aguardo el segundo indicio, con la extrañeza propia de aquellos que desconfían de sus sentidos. Entonces el timbre vuelve a sonar.
No soy Poe. Pero como no espero visitas ni estoy de humor para la impertinente compañía de un cuervo, decido acercarme sigilosamente a la puerta, esquivando los muebles de la sala en penumbra. Y entonces, con suma cautela y conteniendo la respiración, miro hacia el otro lado, asomada por el ojo mágico.
Es casi como perpetrar un crimen o cometer una travesura. Tal es la complicidad requerida por esa (in)discreta rendija –depende si estás adentro o afuera–, cuya desatinada altura impide asomarse sin antes encorvarse o ponerse de puntitas, como si la postura entera del cuerpo tuviese que seguirle el juego a la mirada de rabillo de ojo que a duras penas permiten los ojos mágicos.
Inmutables y deliberados permanecen en la puerta. Ni adentro ni afuera. Ni altos ni bajos. Algunos grandes y saltones. Otros chiquitos y recelosos. Otros con las mismas cicatrices de las películas en blanco y negro. Otros más con el velo amarillento de los recortes de periódico guardados durante mucho tiempo.
Los ojos mágicos. Esos inútiles custodios de los curiosos, los desconfiados y los paranóicos, que distorsionan tanto como revelan y nos permiten mirar sin ser vistos o, aún mejor, antes de ser vistos.
Son las 8:32 de la noche. El ojo mágico y yo nos picamos el ojo mientras escuchamos los pasos resignados que se alejan por el pasillo.